7  Vectores de irracionalidad en la dinámica sociocultural

Las dinámicas de irracionalidad colectiva constituyen uno de los fenómenos más estudiados y, paradójicamente, menos comprendidos de las ciencias sociales y la epistemología contemporánea. Frente a la imagen idealizada de sociedades que avanzan linealmente hacia mayores cotas de racionalidad, los siglos XX y XXI ofrecen abundante evidencia de episodios en los que amplios colectivos asumen creencias infundadas, adoptan comportamientos autodestructivos o se someten a liderazgos manifiestamente contrarios al interés común.

7.1 Introducción: irracionalidad colectiva y calidad epistémica

Comprender los vectores de irracionalidad no es un ejercicio meramente teórico. Tiene implicaciones directas para la teoría del conocimiento, puesto que obliga a examinar las condiciones en las que el conocimiento riguroso fracasa —o resulta insuficiente— para orientar la acción colectiva. Si los capítulos anteriores han analizado los mecanismos cognitivos individuales (Cap. 4) y las dinámicas comunitarias de producción de conocimiento (Cap. 6), este capítulo aborda las condiciones estructurales y contextuales que favorecen la propagación de creencias irracionales, la manipulación epistémica deliberada y el colapso de los sistemas sociales ante crisis complejas.

El análisis se organiza en cuatro bloques temáticos:

  1. Contrailustración y regresión epistémica: cancelación cultural, progresofobia y ataques a la ciencia como institución.
  2. Patrones históricos de irracionalidad colectiva: genocidios, caza de brujas y propaganda totalitaria.
  3. Desinformación digital y manipulación política: redes sociales, Cambridge Analytica, negacionismo pandémico.
  4. Riesgos existenciales y gestión de crisis: extinción masiva, colapso climático y modelos de gobernanza.
NotaConexión con capítulos anteriores

Los sesgos cognitivos estudiados en el Cap. 4 (heurísticas de disponibilidad, sesgo de confirmación, efecto de encuadre) operan como mecanismos individuales que, al escalar socialmente, generan las dinámicas colectivas analizadas aquí. Las comunidades epistémicas del Cap. 6 pueden actuar como contrapeso —cuando funcionan como comunidades de práctica ancladas en la realidad— o como amplificadores de irracionalidad —cuando degeneran en grupos de afinidad ideológica.

7.2 Contrailustración y regresión epistémica

7.2.1 La paradoja de la tolerancia y los enemigos de la modernidad

Karl Popper formuló en La sociedad abierta y sus enemigos (1945) una paradoja que no ha perdido relevancia: una sociedad tolerante que tolera sin límites a los intolerantes acaba por ser destruida. Esta paradoja adquiere dimensiones nuevas en el siglo XXI, cuando actores políticos con acceso a sofisticadas herramientas de comunicación digital emplean las libertades democráticas para socavar las bases institucionales que las sustentan.

La tensión entre apertura epistémica y defensa de estándares mínimos de racionalidad pública atraviesa varios debates contemporáneos:

  • La cultura de la cancelación (cancel culture) y su uso como arma retórica tanto por sectores progresistas como reaccionarios.
  • La progresofobia descrita por Steven Pinker (2018): la tendencia a subestimar el progreso real en indicadores de bienestar, salud y desarrollo, alimentada por sesgos cognitivos y narrativas catastrofistas.
  • El negacionismo progresista señalado por Eliane Brum (2023), que cuestiona desde la izquierda la viabilidad del modelo de crecimiento sin ofrecer alternativas basadas en evidencia.
  • Las teorías cínicas analizadas por Pluckrose y Lindsay (2020), que desde posiciones activistas en la academia cuestionan la posibilidad misma del conocimiento objetivo.

Alan Sokal (2008) protagonizó en 1996 uno de los episodios más célebres de confrontación entre ciencia y relativismo posmoderno al publicar un artículo deliberadamente absurdo en la revista Social Text. Su objetivo era demostrar que ciertos sectores de la academia humanística aceptaban sin escrutinio textos que invocaban jerga científica sin rigor alguno. El debate posterior —lejos de resolverse— anticipó tensiones que se han intensificado con la proliferación de revistas depredadoras y la crisis de replicabilidad.

La trayectoria intelectual de Bruno Latour ilustra las consecuencias imprevistas del constructivismo radical. Tras décadas argumentando que los hechos científicos son «construcciones sociales», Latour reconoció que sus herramientas conceptuales estaban siendo apropiadas por los negacionistas del cambio climático (Kofman, 2018). Su giro tardío hacia una defensa de la ciencia como práctica colectiva rigurosa subraya la importancia de distinguir entre constructivismo metodológico (legítimo) y relativismo epistémico (que disuelve la distinción entre conocimiento fundado y opinión infundada).

En Cynical Theories (2020), Lindsay y Pluckrose trazan la genealogía de lo que denominan «teorías aplicadas posmodernas»: corrientes académicas que, partiendo del escepticismo posmoderno hacia las grandes narrativas, han evolucionado hacia un activismo que trata las categorías identitarias como fuentes primarias de conocimiento. Su crítica se centra en la tensión entre la legítima denuncia de injusticias y la tendencia a descalificar como «violencia epistémica» cualquier cuestionamiento basado en evidencia empírica.

7.2.2 El éxodo científico como baremo democrático

El acoso a científicos e investigadores por parte de actores políticos constituye un indicador temprano de erosión democrática. Durante el segundo mandato de Donald Trump (2025), se ha intensificado un fenómeno que evoca las sombras de regímenes autoritarios del siglo XX: la aparición de «refugiados intelectuales» que abandonan Estados Unidos no por guerras o desastres naturales, sino huyendo de la censura ideológica, los recortes presupuestarios estratégicos y la intimidación política (Pilkington, 2026; Tollefson, 2020).

El caso estadounidense presenta varias dimensiones convergentes:

Recortes presupuestarios selectivos. La administración Trump ha ejecutado reducciones drásticas en la financiación de agencias científicas clave —NIH, NSF, EPA, NOAA— con un sesgo evidente hacia líneas de investigación en cambio climático, salud pública y diversidad. La estrategia no consiste en eliminar la ciencia, sino en redirigirla hacia prioridades compatibles con la agenda política.

Intimidación directa. Investigadores en universidades públicas han recibido amenazas legales, auditorías selectivas y presiones para retirar publicaciones. El efecto disuasorio (chilling effect) se extiende mucho más allá de los afectados directos: un estudio de Van Bavel et al. (2020) documenta cómo la percepción de riesgo profesional reduce la disposición de los científicos a comunicar resultados políticamente incómodos.

Éxodo y «fuga de cerebros». Universidades europeas, canadienses y australianas han lanzado programas de acogida para investigadores estadounidenses. El fenómeno recuerda —salvando las enormes distancias— las oleadas de emigración intelectual de la Alemania nazi, la Unión Soviética estalinista o la España franquista.

Implicaciones epistémicas. Cuando el poder político selecciona qué líneas de investigación son aceptables, se produce una distorsión estructural del paisaje epistémico: no se prohíbe el conocimiento directamente, sino que se erosionan las condiciones institucionales que lo hacen posible. Esta forma de censura indirecta es más difícil de identificar y combatir que la censura explícita.

7.3 Irracionalidad colectiva: patrones históricos

La historia ofrece un catálogo extenso de episodios en los que comunidades enteras han adoptado creencias y comportamientos manifiestamente irracionales, con consecuencias catastróficas. Tres patrones recurrentes merecen atención especial: la manipulación de identidades grupales para deshumanizar al adversario, la instrumentalización del miedo y la fabricación de testimonios en procesos sin garantías.

7.3.1 Genocidio y propaganda: el caso de Ruanda (1994)

El genocidio de Ruanda en 1994 constituye uno de los casos más estudiados de irracionalidad colectiva inducida por propaganda sistemática. En aproximadamente cien días, entre 800.000 y un millón de personas —mayoritariamente de etnia tutsi— fueron asesinadas por milicias hutus y ciudadanos comunes movilizados por una maquinaria de odio mediático (Lambourne, 2019; Zeiher, 2019).

El detonante inmediato fue el derribo del avión del presidente ruandés Juvénal Habyarimana, de etnia hutu, el 6 de abril de 1994. Pero los mecanismos epistémicos que hicieron posible la masacre venían gestándose durante años:

  • Propaganda radiofónica. La emisora Radio Télévision Libre des Mille Collines (RTLM) difundió durante meses mensajes que deshumanizaban a los tutsis, refiriéndose a ellos como «cucarachas» (inyenzi) e incitando explícitamente a su eliminación (Cuesta, 2014).
  • Construcción de mitos étnicos. La diferenciación hutu/tutsi, originalmente más económica que étnica, fue reificada y biologizada por la administración colonial belga, creando categorías identitarias rígidas que facilitaron la polarización (Zeiher, 2019).
  • Normalización progresiva de la violencia. Años de discriminación institucional, masacres localizadas y retórica de odio habituaron a sectores de la población a considerar la violencia contra los tutsis como legítima defensa.

7.3.2 Manipulación testimonial y procesos sin garantías

La manipulación de testigos y las coacciones en procesos probatorios sin garantías constituyen otro componente habitual en los episodios históricos de irracionalidad colectiva.

El juicio y condena a Sócrates en el siglo V a.C. se produjo a partir de rumores y acusaciones de «corromper a la juventud» e introducir nuevas deidades en Atenas. Sin fundamentos sólidos, las acusaciones reflejaban la reacción de sectores influyentes ante un pensador que cuestionaba las convenciones establecidas (Irvine, 2007; Platón, 2014; Stone, 1989). El caso ilustra cómo la incomodidad epistémica —el malestar que genera quien cuestiona creencias arraigadas— puede traducirse en violencia institucional.

La caza de brujas en Europa sumó múltiples episodios de paranoia y desvarío colectivo, suscitados por un temor irracional hacia supuestas practicantes de artes de brujería. La ola renacentista de progreso en las artes y las ciencias apenas influyó en las creencias populares, lastradas por la ignorancia y la superstición. La creencia en pactos con el diablo era común entre amplios sectores de la sociedad, lo que facilitó el paso de los prejuicios a la tortura y la violencia extrema (Cardini, 1982; Levack, 1995).

Factores convergentes: crisis económica (Peste Negra), crisis religiosa (Cisma de Occidente) y reacción institucional concertada —tanto católica como protestante— contra cualquier práctica percibida como amenaza para la sociedad cristiana.

El surgimiento del nacionalsocialismo en Alemania durante la década de 1930 no se explica sin la propagación de ideas basadas en mitos nórdicos de superioridad racial, el odio hacia grupos étnicos específicos y la obsesión por la «pureza» del linaje. Engastadas la pseudociencia y la superstición en ideología, y articulada esta en movimiento político totalitario, la dinámica social resultante desencadenó una de las mayores tragedias de la historia. El Holocausto dejó un balance de entre 15 y 22 millones de personas asesinadas —de las que unos seis millones fueron judíos—, víctimas de una maquinaria planificada que implicó a cientos de miles de colaboradores directos (Snyder, 2017; Stanley, 2018).

7.4 Redes sociales, desinformación y manipulación política

7.4.1 De la radio al algoritmo: la evolución de la manipulación mediática

Cuando Orson Welles dramatizó La guerra de los mundos en la CBS el 30 de octubre de 1938, simulando la retransmisión en directo de una invasión marciana ficticia, desató el pánico entre miles de oyentes que no dudaron de la veracidad de la emisión (González, 2024). Este episodio, suscitado por la actividad profesionalmente cuestionable en un canal analógico unidireccional, anticipa dinámicas que se han multiplicado exponencialmente en la era digital.

La diferencia fundamental reside en la arquitectura de las plataformas: mientras la radio operaba como canal unidireccional con controles editoriales identificables, las redes sociales combinan:

  • Algoritmos de amplificación que priorizan contenido emocionalmente activador (independientemente de su veracidad) para maximizar la interacción (Vosoughi et al., 2018).
  • Cámaras de eco que refuerzan creencias preexistentes y dificultan la exposición a perspectivas discrepantes (Kozyreva et al., 2020a).
  • Anonimato y coordinación artificial mediante bots y campañas de astroturfing que amplifican mensajes de forma intencionada.
  • Sesgos cognitivos a escala: el sesgo de confirmación, la heurística de disponibilidad y el efecto de mera exposición operan con eficacia multiplicada en entornos digitales diseñados para explotar la arquitectura cognitiva humana (Kahneman, 2011; Pennycook & Rand, 2021).

7.4.2 El caso Cambridge Analytica–Facebook (2018)

El escándalo de Cambridge Analytica constituye un caso paradigmático de explotación de datos personales con fines de manipulación política. La empresa británica utilizó datos de 87 millones de usuarios de Facebook —obtenidos sin consentimiento a través de la aplicación This Is Your Digital Life— para elaborar perfiles psicológicos y distribuir propaganda política personalizada durante las campañas de Ted Cruz y Donald Trump en 2016 (Moreno Muñoz, 2018a; Ward, 2018).

El caso pone de manifiesto varios problemas estructurales:

  • Asimetría informativa radical. Los usuarios desconocían el alcance de la recopilación de sus datos y su uso con fines de microtargeting político (Moreno Muñoz, 2018b).
  • Opacidad en la financiación. Las fuentes de financiación de la propaganda personalizada permanecieron ocultas, eludiendo los mecanismos de transparencia electoral.
  • Insuficiencia regulatoria. Las multas impuestas a Facebook (más de 5.000 millones de dólares) fueron proporcionalmente modestas para una empresa con la capitalización bursátil de Meta, cuestionando su efecto disuasorio.
  • Precedente sistémico. Cambridge Analytica no fue una anomalía sino el síntoma de un modelo de negocio basado en la extracción y monetización de datos personales (Zuboff, 2019).
ImportantePara la reflexión

¿En qué medida las regulaciones posteriores al escándalo (RGPD europeo, Digital Services Act) han modificado realmente la capacidad de las plataformas para facilitar la manipulación política? ¿O se trata de ajustes cosméticos que no alteran la arquitectura de incentivos subyacente?

7.4.3 Desinformación y estigmatización de minorías

Las dinámicas de desinformación digital tienen un impacto especialmente devastador sobre grupos vulnerables. La propagación de bulos y teorías conspirativas ha contribuido a:

  • Estigmatización de inmigrantes y refugiados. Durante la crisis migratoria europea (2015–2016), se difundieron bulos acusando a refugiados sirios de cometer delitos masivos, alimentando el rechazo social y justificando políticas migratorias restrictivas.
  • Discriminación de la comunidad LGBTQ+. Durante la pandemia de COVID-19, teorías conspirativas vincularon falsamente a esta comunidad con la propagación del virus, evocando estigmas asociados al VIH/SIDA.
  • Violencia contra minorías religiosas. En India, mensajes en WhatsApp y Facebook acusaron a la minoría musulmana de difundir el COVID-19 a propósito, bajo la narrativa de «corona jihad», desencadenando episodios de violencia.
  • Represión de pueblos indígenas. En América Latina, teorías conspirativas han señalado a comunidades indígenas como cómplices de ONG extranjeras para desestabilizar gobiernos.

Estas dinámicas operan mediante mecanismos ya descritos por Wardle & Derakhshan (2017): desinformación (contenido deliberadamente falso), misinformación (contenido falso difundido sin intención dañina) y malinformación (contenido real usado fuera de contexto con intención de perjudicar).

7.5 Negacionismo pandémico y liderazgo irresponsable

7.5.1 COVID-19: la infodemia como amenaza sanitaria

La pandemia de COVID-19 ha proporcionado un caso de estudio sin precedentes sobre la interacción entre irracionalidad colectiva, liderazgo político y consecuencias en salud pública. La OMS acuñó el término «infodemia» para describir la sobreabundancia de información —parte de ella deliberadamente falsa— que dificultó la respuesta sanitaria eficaz (Cinelli et al., 2020; Garrett, 2020).

Los mecanismos de irracionalidad durante la pandemia incluyeron:

  • Creencias irracionales y ansiedad. De Landsheer & Walburg (2022) documentan cómo las creencias irracionales (en el sentido de la terapia racional-emotiva de Ellis) se asociaron significativamente con mayores niveles de ansiedad y miedo al COVID-19, creando un ciclo retroalimentado de irracionalidad y malestar psicológico.
  • Compra compulsiva de fármacos. Miah et al. (2024) describen cómo la población de ciudades de Bangladesh adquirió y almacenó masivamente medicamentos durante la pandemia, respondiendo a rumores más que a indicaciones médicas.
  • Conspiracionismo y desconfianza institucional. De Coninck (2021) muestra que la exposición a fuentes de información no fiables se asoció con mayor adhesión a teorías conspirativas sobre el COVID-19, independientemente de los niveles de ansiedad o depresión.
  • Calidad democrática y mortalidad. Martín-Martín et al. (2024) aportan evidencia de que la calidad democrática de los países se correlacionó con la mortalidad excesiva durante la pandemia, sugiriendo que las instituciones democráticas robustas facilitan respuestas sanitarias más efectivas.

7.5.2 Liderazgo negacionista: los casos de Brasil y EE.UU.

Los esquemas de liderazgo político desempeñan un papel crucial en la modulación de la irracionalidad colectiva (Moreno Muñoz, 2021). Líderes que comunican de manera transparente, coherente y con mensajes basados en la evidencia científica tienden a mitigar el pánico y promover respuestas más racionales. Por el contrario, las figuras políticamente relevantes que utilizan la retórica de la confrontación, subestiman el criterio experto o promueven agendas de grupo a costa del bienestar colectivo pueden exacerbar la irracionalidad y el comportamiento contraproducente (Nicola et al., 2020).

La pandemia en Brasil constituye un caso paradigmático del coste humano del liderazgo negacionista. Desde el inicio, Bolsonaro minimizó la gravedad del virus (calificándolo de «gripecita»), promovió medicamentos sin eficacia comprobada como la hidroxicloroquina y desestimó el uso de mascarillas y el distanciamiento social.

Estudios publicados en revistas de alto impacto han documentado la correlación directa entre exposición a la retórica de Bolsonaro y aumento de casos y muertes. Hallal & Victora (2021) estiman que una proporción significativa de las muertes por COVID-19 en Brasil podría haberse evitado con una gestión sanitaria alineada con las recomendaciones de la OMS. Massuda et al. (2023) detallan las deficiencias estructurales del Ministerio de Salud durante el periodo y Kerr et al. (2024) documentan el impacto de la baja vacunación en desenlaces graves.

El balance de más de 700.000 muertes oficiales en Brasil —con estimaciones reales significativamente superiores— convierte este caso en una referencia ineludible para el estudio de la relación entre liderazgo político, calidad epistémica y salud pública.

El impacto del liderazgo de Donald Trump durante la pandemia se manifestó en varios frentes:

  1. Minimización de la amenaza (febrero 2020): afirmaciones de que el virus estaba «bajo control» y «desaparecería».
  2. Promoción de tratamientos no probados: la hidroxicloroquina y la sugerencia de inyectar desinfectantes.
  3. Desacreditación de las mascarillas: burlas públicas y resistencia a usarlas.
  4. Declaraciones contradictorias: afirmar que EE.UU. estaba «doblando la esquina» cuando los casos aumentaban.

Tollefson (2020) documenta cómo el daño a la ciencia durante la administración Trump podría requerir décadas para repararse, no solo por las decisiones específicas sobre la pandemia, sino por la erosión sistemática de la confianza pública en las instituciones científicas.

7.5.3 Medios de comunicación y responsabilidad informativa

Los medios de comunicación operan en contextos de crisis sanitaria bajo una doble presión estructural que los hace especialmente vulnerables a amplificar la irracionalidad colectiva. Por un lado, compiten por la atención en un ecosistema informativo donde el contenido emocionalmente activador —miedo, indignación, incertidumbre— genera más interacción que el análisis riguroso. Por otro, operan bajo normas profesionales de equilibrio informativo que, aplicadas sin criterio epistémico, producen efectos contrarios a los buscados. La pandemia de COVID-19 ofreció un laboratorio involuntario para observar ambas dinámicas en tiempo real.

El primero de estos problemas es la falsa equivalencia (bothsidesism). La norma periodística de presentar «las dos partes» de una controversia —diseñada para garantizar pluralismo en debates legítimamente disputados— produce distorsión epistémica grave cuando se aplica a cuestiones donde existe consenso científico claro. Equiparar en tiempo de pantalla o espacio editorial a un virólogo del CDC con un médico que promueve la hidroxicloroquina no es neutralidad: es una representación sesgada del estado real del conocimiento. Boykoff & Boykoff (2004) documentaron este mecanismo en el contexto del cambio climático dos décadas antes de la pandemia, mostrando que la cobertura mediática «equilibrada» creaba en la audiencia la percepción de un debate científico activo donde no lo había. El mismo patrón se reprodujo durante el COVID-19 con las vacunas, las mascarillas y los tratamientos experimentales (Brennen et al., 2020).

El segundo problema es el sensacionalismo de riesgo: la tendencia a priorizar narrativas dramáticas, casos extremos y proyecciones más pesimistas, no porque sean más probables sino porque generan mayor impacto emocional y, en consecuencia, mayor tráfico y audiencia. Slovic (1987) ya había identificado que la percepción pública del riesgo responde más a la vivacidad de los relatos disponibles que a las probabilidades estadísticas —la heurística de disponibilidad operando a escala mediática. Durante la pandemia, la cobertura desproporcionada de casos de efectos adversos raros de las vacunas —comparada con la cobertura de los millones de casos de protección efectiva— contribuyó a la hesitación vacunal en segmentos de población que seguían medios convencionales, no solo redes sociales (Chevalier et al., 2024; Verde & Núñez-Acosta, 2021).

Un tercer mecanismo, menos visible pero estructuralmente más profundo, es la captura mediática por intereses económicos y políticos. La dependencia de los grandes grupos de comunicación de la publicidad de industrias farmacéuticas, alimentarias o de combustibles fósiles crea incentivos sistémicos para la autocensura editorial en temas donde esas industrias tienen intereses directos (Herman & Chomsky, 1988). A esto se añade la concentración de la propiedad mediática, que en muchos países reduce la diversidad efectiva de marcos interpretativos disponibles para la audiencia, independientemente del número formal de cabeceras. El resultado no es necesariamente la mentira explícita, sino la selección sistemática de qué historias se persiguen, qué fuentes se consultan y qué preguntas se consideran legítimas —una forma de distorsión epistémica estructural que McChesney (2008) denomina «propaganda sin propagandistas».

Para contrarrestar estos vectores, la investigación en comunicación científica apunta hacia tres cambios prácticos con evidencia de efectividad. Primero, la adopción de protocolos de periodismo de soluciones (solutions journalism) que, sin ignorar los problemas, dedican atención equivalente a las respuestas que están funcionando, reduciendo el sesgo hacia la narrativa catastrófica sin sustituirlo por optimismo acrítico (McIntyre & Gyldensted, 2018). Segundo, la formación de periodistas en comunicación del riesgo y la incertidumbre científica, incluyendo la capacidad de representar correctamente el consenso sin eliminar el debate legítimo en los márgenes (Fischhoff, 2020). Tercero, la exigencia de transparencia sobre fuentes de financiación en los medios, de forma análoga a las declaraciones de conflictos de interés en publicaciones científicas, como condición para la confianza pública sostenible (Oreskes & Conway, 2010).

7.6 Escenarios de extinción masiva y pérdida de biodiversidad

7.6.1 Extinciones masivas en perspectiva geológica

La historia de la vida en la Tierra está marcada por periodos relativamente cortos, a escala geológica, en los que desaparece el 75% o más de las especies. Con los datos disponibles del registro fósil, Raup & Sepkoski (1982) concluyeron que al menos cuatro extinciones masivas en el ámbito marino resultan estadísticamente significativas con respecto a los niveles de extinción de fondo. Ocurrieron a finales de los períodos Ordovícico, Pérmico, Triásico y Cretácico, con porcentajes de extinción que varían entre el 75–85% (en el Pérmico pudo superar el 95%) y una duración variable (0,5–3 millones de años).

Entre las causas investigadas figuran:

  • Hipoxia oceánica y variaciones en el nivel de los océanos por glaciaciones.
  • Erupciones volcánicas masivas que liberaron gases y cenizas, causando enfriamiento global, lluvia ácida y acidificación de los océanos.
  • Impacto de asteroides y secuencias de incendios forestales, terremotos y tsunamis.
  • Fluctuaciones en el campo magnético terrestre y posible explosión de supernovas (Loper et al., 1988).
  • Competencia entre especies y alteración de cadenas tróficas.

Investigar estos factores sirve de base para predecir y mitigar posibles eventos futuros que podrían comprometer la supervivencia humana. En su libro The Sixth Extinction, Kolbert (2014) deduce de las entrevistas a expertos que a finales del siglo XXI es altamente probable que desaparezcan entre el 20 y el 50 por ciento de todas las especies vivas.

7.6.2 La sexta extinción: evidencia y debate actual

Muchos científicos consideran que estamos actualmente en medio de una sexta extinción masiva, impulsada principalmente por las actividades humanas (Barnosky et al., 2011; Ceballos et al., 2015; Ceballos et al., 2017). La evidencia acumulada es contundente:

  • La tasa actual de extinción de vertebrados supera entre 100 y 1.000 veces la tasa de extinción de fondo (Ceballos et al., 2020).
  • El informe IPBES (2019) estima que un millón de especies están amenazadas de extinción.
  • Diamond (1989) ya advertía en 1989 que las tasas reales de extinción estaban ampliamente subestimadas, puesto que en zonas tropicales con pocos biólogos residentes se extinguen especies apenas conocidas.
  • Richardson et al. (2023) documentan que la Tierra ha traspasado seis de los nueve límites planetarios identificados por Rockström et al. (2009).

La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) mantiene la Lista Roja de Especies Amenazadas, la herramienta de referencia global para evaluar el estado de conservación de la biodiversidad. Según los datos más recientes:

  • Se han evaluado más de 150.000 especies.
  • Aproximadamente el 28% están en peligro de extinción.
  • Las categorías de amenaza abarcan desde Vulnerable hasta En Peligro Crítico.

El sistema de categorización de la UICN permite rastrear tendencias temporales y priorizar esfuerzos de conservación. Sin embargo, como señaló Diamond (1989), los Red Data Books se limitan a especies que han atraído atención y han sido objeto de estudio; los valores reales de especies amenazadas quedan ampliamente subestimados.

Para la reflexión: ¿Qué implicaciones tiene la subestimación sistemática de las tasas de extinción para la toma de decisiones políticas? ¿Cómo equilibrar la incertidumbre científica con la urgencia de actuar?

7.6.3 Pérdida de biodiversidad: implicaciones socioeconómicas

Incluso a escala moderada, la pérdida de biodiversidad tiene profundas implicaciones para las actividades que sostienen los modos de vida de gran parte de la población humana. Puede comprometer la seguridad alimentaria, la disponibilidad de recursos hídricos y la estabilidad climática, con repercusiones en la economía, los flujos migratorios y las pautas culturales (IPBES, 2019). El abordaje de estos problemas globales exige instrumentos de gobernanza mucho más eficaces y ambiciosos que los existentes, sin los que difícilmente pueden coordinarse las acciones urgentes para proteger la vida en la Tierra y asegurar un futuro sostenible (Wilson, 2003).

Pero la pregunta que conecta esta sección con el argumento del capítulo es más específica: ¿por qué la crisis de biodiversidad genera tan poca respuesta política proporcional a su magnitud documentada? La respuesta no es solo ignorancia ni falta de voluntad: es el resultado de condiciones estructurales que favorecen activamente la irracionalidad colectiva en este dominio.

El primero de esos factores es la asimetría temporal entre costes y beneficios. Las medidas de conservación tienen costes económicos y políticos inmediatos y visibles —restricciones de uso del suelo, limitaciones a sectores extractivos, reorientación de subsidios agrícolas—, mientras que sus beneficios se distribuyen en escalas de tiempo que superan con creces los ciclos electorales. Esta estructura de incentivos convierte la irracionalidad en la respuesta políticamente racional a corto plazo, incluso para actores que no niegan la evidencia científica (Weitzman, 2007). El análisis de la tasa de descuento aplicada a los beneficios ambientales futuros —central en el debate Stern-Nordhaus sobre economía del cambio climático— es igualmente relevante para la biodiversidad: cuánto valor se asigna hoy a la supervivencia de una especie en 2080 no es una cuestión científica sino de elección política con implicaciones intergeneracionales (Stern, 2007).

El segundo factor es la existencia de negacionismo ambiental organizado. A diferencia de los sesgos cognitivos espontáneos, el escepticismo sistemático sobre la crisis de biodiversidad cuenta en muchos países con financiación institucional, redes de comunicación y estrategias de producción de duda deliberada, análogas a las documentadas en el caso del tabaco y el cambio climático (Oreskes & Conway, 2010). Institutos de política pública con apariencia académica han producido informes cuestionando las metodologías del IPBES, impugnando las categorías de amenaza de la Lista Roja de la UICN y argumentando que la biodiversidad es más resiliente de lo que sugiere la investigación convencional. La distinción entre debate científico legítimo —que existe y es saludable— y campaña de producción de incertidumbre estratégica es un ejercicio de epistemología aplicada que los estudiantes de humanidades están en condiciones privilegiadas de realizar (Proctor, 2008).

7.7 Colapsismo, crisis complejas y gestión de riesgos existenciales

7.7.1 El escenario de colapso climático

Las dinámicas constatadas en la última década suponen para la especie humana adentrarse en un escenario único, sin análogos históricos porque nunca ha sido tan alto el nivel de gases de efecto invernadero en la atmósfera. La Tierra es ahora más cálida de lo que los seres humanos han podido experimentar jamás. Los procesos en curso de deshielo en los polos y en el permafrost pueden desencadenar eventos aceleradores y sumir a toda la población humana en una crisis climática imposible de gestionar, una vez sobrepasados los umbrales de viabilidad (Dunlop & Spratt, 2018; Spratt & Dunlop, 2019).

Spratt & Dunlop (2019) resumen la situación citando al profesor Hans Joachim Schellnhuber, director emérito del Instituto de Potsdam: el cambio climático está llegando a un punto donde la humanidad deberá elegir entre tomar medidas sin precedentes o aceptar las consecuencias. Los científicos advierten que un calentamiento de 4 °C es incompatible con una comunidad mundial organizada y devastador para la mayoría de los ecosistemas (IPCC, 2023; Kemp et al., 2022; Lenton et al., 2023).

7.7.2 Modelos de gestión de crisis: enfoque tradicional vs. amenazas emergentes

La gestión de crisis ha operado tradicionalmente con un modelo de gestión de crisis convencional basado en:

  1. Protocolos de respuesta para desastres naturales conocidos.
  2. Coordinación jerárquica de medios y recursos.
  3. Esquemas reactivos activados tras la ocurrencia del evento.

Sin embargo, las crisis complejas del siglo XXI requieren un modelo de amenazas emergentes con elementos específicos (Bek Yağmur & Aydıntuğ Myrvang, 2023; Cedergren & Hassel, 2024; Olsén et al., 2023):

  1. Radares de riesgo y análisis prospectivo para detectar amenazas sin precedentes.
  2. Capacidades multidisciplinares con estrategias adaptativas y criterio experto.
  3. Sistemas de monitorización para desencadenar respuesta temprana.
  4. Componente formativo superior al de los equipos convencionales.
  5. Simulacros multi-crisis para poner a prueba la cooperación internacional.
  6. Financiación de capacidades para eventos disruptivos a gran escala.

La diferencia esencial entre ambos modelos atañe al papel del componente preventivo y proactivo, donde el resultado potencialmente catastrófico deriva de fenómenos concatenados para los que las acciones reactivas resultan ineficaces (OECD, 2014).

Los terremotos que asolaron el sureste de Turquía y el norte de Siria el 6 y 20 de febrero de 2023 dejaron un balance de casi 60.000 víctimas mortales (51.000 en Turquía; más de 8.000 en Siria), unos 108.000 heridos, cientos de miles de personas a la intemperie y daños patrimoniales estimados en unos 85.000 millones de dólares (Amnistía Internacional, 2023).

Fallos sistémicos identificados:

  • Incertidumbre en la asignación de responsabilidad y autoridad múltiple.
  • Ausencia prolongada de instancias estatales clave.
  • Rechazo de ayuda exterior en los primeros días.
  • Retraso en el despliegue militar y dificultades de coordinación lingüística.
  • Bloqueo de Twitter durante 12 horas por parte del gobierno turco.
  • Discriminación étnica, política y religiosa en la distribución de la ayuda, especialmente en las zonas del noroeste de Siria bajo control kurdo (Amnistía Internacional, 2023).

Factores estructurales agravantes:

  • Ausencia de supervisión de medidas antisísmicas en las edificaciones — más de un tercio no cumplían requisitos mínimos.
  • Precedentes ignorados: grandes terremotos en la placa de Anatolia en 1999 (17.000 víctimas) y 2011 (700 víctimas) (Lange et al., 2019).
  • Insuficiencia de pasos fronterizos para canalizar ayuda humanitaria de la ONU, agravada por restricciones de Rusia y el gobierno sirio.

El caso ilustra el concepto de policrisis: una combinación desfavorable de aspectos naturales y sociales que desborda los sistemas de respuesta y agrava exponencialmente las consecuencias del desastre inicial.

7.7.3 Riesgos existenciales y análisis prospectivo

Ord (2020) argumenta en The Precipice que la humanidad se encuentra en un momento singular de su historia: el poder destructivo de las tecnologías disponibles ha superado la capacidad de las instituciones existentes para gestionarlo de forma segura. Los riesgos existenciales identificados incluyen:

  • Pandemias (naturales o ingenierías biológicas).
  • Guerra nuclear y escalada accidental.
  • Inteligencia artificial desalineada.
  • Cambio climático catastrófico y superación de puntos de no retorno.
  • Colapso de ecosistemas que sustenten la civilización.

Bostrom (2013) argumenta que la prevención de riesgos existenciales debería ser la máxima prioridad global, dado que un solo evento catastrófico podría eliminar permanentemente el potencial futuro de la humanidad. Esta perspectiva, aunque criticada por su sesgo hacia escenarios extremos, proporciona un marco conceptual valioso para evaluar la asignación de recursos en investigación y gobernanza global.

7.7.4 Inseguridad alimentaria, colapso en cascada y límites de la respuesta humanitaria

Los escenarios de riesgo existencial analizados por Ord (2020) y Bostrom (2013) tienen tendencia a formularse en términos abstractos y de largo plazo. Pero las dinámicas de colapso en cascada tienen también una expresión concreta, documentada y recurrente en el presente: la interacción entre crisis alimentaria, ruptura de infraestructuras y desplazamiento masivo de población configura un tipo de emergencia compleja que los sistemas de respuesta humanitaria gestionan de forma sistemáticamente insuficiente (FAO et al., 2021).

El mecanismo central es la sinergia negativa entre factores de vulnerabilidad. Cuando un desastre —natural, pandémico o bélico— supera la capacidad de absorción de los recursos locales, se activa una secuencia cuyas etapas se refuerzan mutuamente: la sobrecarga de los sistemas de emergencia impide la distribución de ayuda; la ruptura de cadenas de suministro agrava la escasez; el desplazamiento masivo de población genera tensiones en las áreas de refugio que dificultan la acogida; los vacíos de poder resultantes son aprovechados por actores armados que agravan la inseguridad; la propagación de enfermedades en contextos de colapso sanitario multiplica la mortalidad indirecta; y los daños ambientales acumulados —vertidos, contaminación, destrucción de suelos— comprometen la recuperación a largo plazo. Ninguno de estos factores es nuevo por separado; su concurrencia simultánea es lo que define la policrisis y lo que desborda los modelos de respuesta diseñados para emergencias discretas.

La pandemia de COVID-19 proporcionó evidencia a escala global de este mecanismo. Según los informes conjuntos de FAO, UNICEF y el Programa Mundial de Alimentos (FAO et al., 2021), la pandemia revirtió décadas de progreso en seguridad alimentaria: el número de personas en situación de hambre severa aumentó entre 2019 y 2021 en aproximadamente 150 millones, con el impacto más severo en regiones que ya acumulaban vulnerabilidades previas —conflictos activos, dependencia de remesas, escasa diversificación económica. Los factores que configuraron ese retroceso —la interrupción del comercio internacional, el colapso del turismo, la inflación de alimentos básicos, el cierre de escuelas que proveían alimentación— no operaron secuencialmente sino en paralelo, generando bucles de retroalimentación que dificultaron la intervención efectiva y redistributiva.

La dimensión epistémica de esta vulnerabilidad es menos evidente pero igualmente relevante. Las poblaciones en situación de inseguridad alimentaria severa son simultáneamente las más expuestas a la desinformación sobre salud y nutrición —por acceso limitado a fuentes verificadas—, las menos representadas en los procesos de toma de decisiones que afectan a su situación, y las más propensas a desarrollar desconfianza hacia las instituciones que han fallado reiteradamente en su protección (Sen, 1999). Esta combinación crea condiciones favorables para la propagación de narrativas conspirativas, el rechazo de intervenciones sanitarias y la adhesión a liderazgos populistas que ofrecen certezas simples frente a la complejidad de las causas reales. La inseguridad alimentaria no es solo una crisis humanitaria: es también un vector de irracionalidad colectiva, en la medida en que erosiona las bases materiales sobre las que descansa la capacidad de procesar información de forma reflexiva.

7.8 Inoculación epistémica y resiliencia colectiva

Las secciones anteriores han trazado un panorama que podría resultar paralizante: sesgos cognitivos estructurales, arquitecturas tecnológicas diseñadas para explotar la atención, liderazgos políticos que instrumentalizan la ignorancia, crisis sistémicas que desbordan las capacidades institucionales. La pregunta pertinente no es si la irracionalidad colectiva es posible —la evidencia es abrumadora—, sino si existen intervenciones con eficacia demostrada para contrarrestarla. La respuesta de la investigación reciente es cautelosamente afirmativa, aunque con matices importantes sobre escala, contexto y condiciones de éxito.

7.8.1 La lógica de la inoculación: una analogía con la inmunología

La teoría de la inoculación psicológica, formulada originalmente por McGuire (1964) y reformulada en el contexto digital por S. van der Linden (2022) y Roozenbeek et al. (2022), parte de una analogía con la inmunología: así como una vacuna expone al organismo a una versión atenuada del patógeno para activar defensas antes de la exposición real, la inoculación epistémica expone a las personas a versiones debilitadas de técnicas de manipulación —con advertencia explícita de que son manipulaciones— para que desarrollen resistencia cognitiva antes de encontrar la versión sin atenuar en su entorno informativo.

El mecanismo subyacente no es simplemente informativo: no basta con decirle a alguien que existe la desinformación para que se vuelva resistente a ella. Lo que activa la resistencia es la experiencia de detectar el intento de manipulación en condiciones controladas. Estudios experimentales con el juego Bad News (Roozenbeek & Linden, 2019) —en el que el participante asume el rol de productor de desinformación— demuestran que esta exposición desde el interior del proceso mejora significativamente la capacidad posterior de identificar las mismas técnicas cuando se encuentran en contextos reales, con efectos que persisten semanas después de la intervención.

Dos conceptos clave articulan la aplicación práctica de esta lógica. El prebunking consiste en exponer y desactivar preventivamente una técnica de manipulación o una afirmación falsa antes de que el destinatario la encuentre en circulación. El debunking corrige la información errónea después de que ha sido aceptada. La investigación de S. van der Linden (2022) confirma que el prebunking es sistemáticamente más efectivo: las correcciones posteriores rara vez eliminan por completo el efecto de la exposición inicial, fenómeno conocido como efecto de continuación de la influencia (continued influence effect). Esta asimetría tiene implicaciones directas para el diseño de políticas de comunicación pública: el recurso habitual de los gobiernos y las instituciones sanitarias —corregir rumores después de que se han extendido— es la estrategia menos eficiente disponible.

7.8.2 Herramientas cognitivas y alfabetización mediática

La inoculación individual no agota el repertorio de intervenciones disponibles. Kozyreva et al. (2020b) proponen un marco de «herramientas cognitivas» orientado a mejorar la navegación del entorno informativo digital sin depender de una alfabetización mediática exhaustiva previa —reconociendo que exigir a cada ciudadano la capacidad de evaluar fuentes como lo haría un experto es una demanda poco realista a escala de población.

Las herramientas identificadas como más efectivas incluyen la verificación lateral (lateral reading): en lugar de evaluar la credibilidad de una fuente analizando su propio contenido —lo que favorece las fuentes que producen contenido sofisticado y bien presentado, independientemente de su fiabilidad—, el verificador lateral abre inmediatamente otras pestañas para buscar qué dicen terceros sobre esa fuente. Esta es la práctica habitual de los verificadores profesionales (fact-checkers), y los estudios de Wineburg & McGrew (2019) demuestran que puede enseñarse de forma efectiva incluso a estudiantes sin formación específica en periodismo o filosofía.

El problema de escala, sin embargo, es real. Las intervenciones de alfabetización mediática documentadas en entornos controlados muestran efectos modestos cuando se extrapolan a poblaciones amplias y heterogéneas (S. van der Linden & Roozenbeek, 2021). La brecha entre la evidencia experimental y el impacto poblacional real se explica por varios factores convergentes: la resistencia motivada (motivated reasoning) hace que quienes más necesitan las herramientas sean los más resistentes a adoptarlas; los entornos digitales están diseñados para explotar la atención antes de que el pensamiento deliberativo pueda activarse; y las intervenciones puntuales no compiten en igualdad de condiciones con la exposición continuada a entornos informativos distorsionados.

Esto no invalida el valor de la alfabetización mediática, pero sí obliga a plantear la pregunta en términos sistémicos: qué intervenciones pueden operar a nivel de arquitectura del entorno informativo en lugar de confiar exclusivamente en el fortalecimiento de las capacidades individuales.

7.8.3 Regulación, transparencia y los límites de la gobernanza epistémica

La tensión entre intervención sistémica y libertad de expresión constituye uno de los debates más abiertos en la gobernanza epistémica contemporánea. Las aproximaciones regulatorias de mayor alcance —como el Digital Services Act europeo (DSA, 2022) y el AI Act (2024)— establecen obligaciones de transparencia para las plataformas digitales de mayor tamaño: auditorías de riesgo, restricciones sobre el targeting publicitario a menores, obligaciones de interoperabilidad y mecanismos de reclamación para usuarios. Son pasos institucionales significativos, pero su eficacia real depende de factores que aún no pueden evaluarse con datos suficientes: la capacidad supervisora de los reguladores nacionales, la disposición de las plataformas a cumplir más allá de los mínimos formales, y la velocidad de adaptación de los actores de desinformación a los nuevos marcos regulatorios.

Un punto de tensión estructural merece atención específica. Las estrategias de moderación de contenido y los sistemas de etiquetado de información falsa producen efectos secundarios documentados. Pennycook et al. (2020) muestran que el etiquetado selectivo —cuando solo algunas afirmaciones falsas reciben etiqueta de advertencia— puede generar un efecto de verdad implícita (implied truth effect): los usuarios infieren que lo que no está etiquetado es verdadero, aumentando paradójicamente la credibilidad del contenido no verificado. Este resultado subraya que las intervenciones epistémicas no operan en el vacío: interactúan con los sesgos cognitivos existentes y pueden producir efectos contrarios a los previstos si no son cuidadosamente diseñadas.

La comunicación científica efectiva en contextos de crisis representa un tercer frente de intervención institucional. Los errores comunicativos documentados durante la pandemia de COVID-19 —incluyendo la gestión de la incertidumbre, las recomendaciones contradictorias sobre mascarillas y la presentación de modelos como predicciones— han generado una reflexión sistemática sobre cómo las instituciones científicas y sanitarias deben comunicar evidencia provisional, riesgo y revisión de posiciones sin erosionar la confianza (Fischhoff, 2020; Scheufele & Krause, 2019). La conclusión convergente de esta literatura es que la transparencia sobre el proceso científico —incluyendo sus revisiones, sus disputas y sus incertidumbres— construye más confianza a largo plazo que la presentación de resultados como verdades cerradas, aunque el coste a corto plazo sea mayor complejidad comunicativa.

En conjunto, las estrategias de resiliencia epistémica disponibles comparten una característica: ninguna es suficiente por sí sola, y todas requieren inversión sostenida en condiciones institucionales, políticas y culturales que las hagan posibles. La inoculación funciona cuando hay infraestructura educativa que la implemente; la regulación funciona cuando hay voluntad política y capacidad supervisora; la comunicación científica efectiva requiere instituciones con credibilidad acumulada que no puede fabricarse en una crisis. La resiliencia epistémica colectiva no es, en última instancia, un conjunto de técnicas: es el resultado de decisiones políticas sostenidas sobre qué tipo de entorno epistémico merece la pena construir.

7.9 Síntesis y cuestiones abiertas

Los vectores de irracionalidad analizados en este capítulo muestran que el fracaso epistémico a escala social no es un fenómeno excepcional sino una posibilidad estructural de las sociedades complejas. La combinación de sesgos cognitivos individuales, arquitecturas tecnológicas diseñadas para explotar la atención, liderazgos políticos que instrumentalizan la ignorancia y crisis sistémicas que desbordan las capacidades institucionales configura un paisaje en el que la racionalidad colectiva no puede darse por sentada.

Tres conclusiones transversales emergen del análisis:

  1. La irracionalidad colectiva no es espontánea: en la mayoría de los casos documentados, existen actores identificables que crean, amplifican o explotan creencias infundadas con fines políticos, económicos o ideológicos.

  2. Las instituciones epistémicas son condición necesaria pero no suficiente: la existencia de ciencia rigurosa, periodismo de calidad y sistemas educativos solventes no garantiza por sí sola la racionalidad colectiva si las condiciones estructurales (desigualdad, desconfianza institucional, diseño de plataformas digitales) favorecen la propagación de la irracionalidad.

  3. La resiliencia epistémica se construye activamente: las estrategias de inoculación psicológica, la alfabetización mediática y la transparencia algorítmica constituyen herramientas con eficacia demostrada, pero requieren inversión sostenida y voluntad política para su implementación a escala.

Las estrategias de inoculación epistémica y resiliencia colectiva analizadas en esta sección anticipan temas que se desarrollarán en el cap. 8, dedicado a los modelos de gobernanza del conocimiento y las instituciones que facilitan —o dificultan— la toma de decisiones informadas en cualquier ámbito y nivel de gestión.

ImportantePreguntas para profundizar
  1. ¿En qué medida los escenarios de riesgo existencial descritos por Ord (2020) requieren nuevos marcos de gobernanza epistémica con jurisdicción más allá de los estados-nación?
  2. ¿Cómo equilibrar la protección frente a la desinformación con la libertad de expresión en sociedades democráticas?
  3. ¿Qué papel deberían desempeñar las universidades como instituciones clave en la infraestructura epistémica, ante la proliferación de vectores de irracionalidad organizada y desinformación?

7.10 Taller: Análisis de vectores de irracionalidad

Objetivos

  • Identificar patrones recurrentes en episodios de irracionalidad colectiva.
  • Aplicar marcos analíticos de la epistemología social a casos contemporáneos.
  • Evaluar la eficacia de estrategias de inoculación epistémica.

Actividad 1: Análisis comparativo (grupos de 3–4)

Seleccionar dos casos de la lista siguiente y elaborar un análisis comparativo que identifique: (a) los mecanismos epistémicos implicados, (b) el papel de los medios de comunicación, (c) los factores institucionales agravantes o mitigadores, (d) las consecuencias documentadas.

Casos disponibles:

  1. Genocidio de Ruanda (1994) y propaganda de RTLM.
  2. Escándalo Cambridge Analytica (2016–2018).
  3. Gestión negacionista de COVID-19 en Brasil (2020–2022).
  4. Terremotos de Turquía–Siria (2023) y fallos de coordinación.
  5. Éxodo científico de EE.UU. (2025) y censura política de la ciencia.
  6. Desinformación climática en redes sociales (caso Heartland Institute o análogo).
  7. Desinformación sobre ayudas federales tras los huracanes Helene y Milton (EE.UU., 2024) y narrativas falsas sobre FEMA (Agencia Federal para la Gestión de Emergencias).
  8. Incendios de Altadena / Los Ángeles (enero 2025): distribución racial de los impactos, evacuaciones desiguales y gentrificación postdesastre.

Actividad 2: Diseño de intervención (individual)

Elegir uno de los vectores de irracionalidad analizados en el capítulo y proponer una estrategia de intervención fundamentada en la literatura de inoculación epistémica (S. van der Linden, 2022; Roozenbeek et al., 2022). La propuesta debe incluir:

  • Identificación precisa del mecanismo de irracionalidad a contrarrestar.
  • Público objetivo y canal de intervención.
  • Diseño de la intervención (con referencia a estudios empíricos).
  • Criterios de evaluación de eficacia.

Rúbrica de evaluación

Criterio Insuficiente (0–4) Aceptable (5–7) Sobresaliente (8–10)
Identificación de mecanismos Superficial o imprecisa Correcta y bien contextualizada Rigurosa, detallada y original
Uso de literatura académica Ausente o meramente decorativo Adecuado, con fuentes pertinentes Ejemplar, con integración crítica de fuentes
Análisis comparativo Descriptivo, sin conexiones analíticas Comparativo efectivo entre los casos Integrador, crítico y con implicaciones generalizables
Propuesta de intervención Genérica o sin fundamentación Viable, fundamentada y bien diseñada Innovadora, rigurosa y con criterios claros de evaluación